– Yo también me iré, me apuesto que no es conmigo con quien quieres estar, ni tampoco al que le dedicarías tus pensamientos en el caso de que me fuera, ¿o si?
Tenía razón, el hecho de que Simón me abandonara así como así, me dolía. No podía dejar de pensar en ello. Sin embargo aquello no fue lo peor. Sino verlo a Simón, el que acababa de dejarme con el anhelo de sus labios sobre los míos besando los de Pamela justo en frente mío. Creí que me derrumbaría.
– Quédate. – le pedí cuando Bruno me dio la espalda, dispuesto a alejarse. Él vaciló.
– ¿Por qué? – preguntó aun dándome la espalda.
– Porque te necesito – le dije en un hilo de voz. Él me miró, y en menos de un instante estuvo a mi lado, secando mis lágrimas con sus manos.
Enterré mi cabeza en su pecho, Bruno acarició mis cabellos mientras me susurraba palabras de consuelo. Me pedía disculpas, pero él no tenía la culpa, no claro que no tenía la culpa de que Simón hubiera jugado conmigo.
Cuando mi llanto cesó, gracias a los cariños y mimos de Bruno, pude sentirme más tranquila. Mi corazón aun dolía, pero sabía que contaba con alguien, y eso era un gran consuelo, no como la última vez. Bruno guardó mis cosas en la mochila, me acercó un paquete de pañuelitos descartables, y me pidió que lo aguardara un segundo mientras él iba por agua al dispenser*. Realmente se lo agradecía, prácticamente me había deshidratado en ese llanto. Gracias a dios que nadie había presenciado aquel momento de debilidad de mi parte, las de primer año se habían ido hace rato, no había gente en el buffet, sólo del lado de afuera, y mis compañeras ya habían comenzado con la clase.
Esperaba a Bruno cuando mi celular vibró, era un mensaje de mi madre, avisándome que no volvería esta noche, y que mi hermana iba a quedarse en casa de su novio, pidiéndome que no la esperara tampoco. Estaba tan enfrascada escribiendo la respuesta que apenas me percate de la presencia de Jona enfrente mío.
Lo miré fijamente, luego de enviar el mensaje, parecía consternado.
– Yo… esto… – no parecía encontrar las palabras – ¿te encuentras bien?
A pesar de su falta de tacto, ya que, por supuesto no me encontraba bien, su pregunta me resulto irónica, por lo tanto también me fue graciosa, le sonreí.
– No, para nada. – Pareció comprender lo ridículo de su pregunta porque enseguida dijo:
– Lo lamento, claro que no estás bien… yo sólo… – balbuceó.
– Gracias. – le dije, cortándolo. No podía procesar el hecho de que Jona, realmente estuviera aquí, preocupándose por alguien que no fuera él mismo. Eso me impresionó, quizás por eso me ablandé y le dediqué una sonrisa tan cálida, o quizás solo fuera el hecho que estaba demasiado triste y cansada para discutir con él.
– Yo… sé que no tiene nada que ver pero… quería decirte que… – añadió. Aquí vamos de nuevo. – lamento… eh…
¿Jona? ¿Lamentarse? ¿Qué?
Suspiró. – Lamento haber sido un idiota. – pude ver sus mejillas tornarse rosaditas.
Abrí los ojos de par en par. Casi, casi sentí ternura, pero eso no sobrepasaba mi asombro.
Recuperé la compostura. Me levanté de la mesa, me colgué la mochila al hombro y me acerqué a él. Levanté su cara haciendo que su pelo rubio se moviera un poco, obligando a sus ojos verdes a mirarme.
– Estás perdonado. – le dije antes de alejarme con una sonrisa en busca de Bruno que venía hacia mí con un vaso de agua fresca que me tomé en un segundo.
– ¿Qué hacemos ahora? – me preguntó. – Tu clase está por acabar. Claudia, la profe, te vio, te puso el presente.
– ¿Por qué lo hizo?
– Digamos que se dio cuenta que no podías hacer educación física hoy… como que estabas… justificada. – terminó con una sonrisa.
– Gracias. – le dije con toda la sinceridad que me fue posible.
– No es nada, sabes que haría cualquier cosa por ti. – me tomó de las manos. – Lo sabes, ¿no?
– No me cabe duda. – lo abracé. Nos quedamos abrazados unos cuantos minutos más. Cuando me separé, le pregunté: – ¿Te molesta si… esta noche me quedo en tu casa?
Él me reprendió con la mirada – ¿No estarás intentando evitar las peleas con tu hermana? Ya te dije que eso es algo que tienen que resolver ustedes porque…
– No empieces con él sermón… – le tapé la boca. – no es nada de eso, Mamá se queda con su ‘compañero’ esta noche.
– ¿Compañero? – Bruno se rió.
– Suena patético, lo sé, pero según ella ya esta muy grande para llamarlo ‘novio’.
– En eso puede que tenga razón. – contestó, sospesando la idea.
– Concuerdo… y de todas formas… mi hermana va a pasar la noche en casa de su noviecito, y yo… sólo no quiero estar sola.
Bruno volvió a abrazarme. – No te preocupes Rouge, sabes que en mi casa siempre serás bienvenida.
*Maquina expendedora de agua.
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