domingo, 12 de mayo de 2013

"Miles Away" Capítulo 3.


Gabby no podía creer que faltaba tan solo media hora para abandonar su ciudad natal, la ciudad en la que había vivido toda la vida y ahora... ahora debía marcharse, dejar su vida y comenzar una nueva en un pueblo completamente extraño para ella. Intentaba no llorar cada vez que lo recordaba pero mientras empacaba las últimas cosas no pudo evitarlo, no pudo evitar recordar como tuvo que despedirse de todos sus compañeros, de su mejor amiga, de sus profesores.

Todo estaba tan mal; luego de la muerte de su madre todo había empeorado y ella lo sabía perfectamente. Colbie lo había tomado bastante bien ya que era pequeña y no se preocupaba por las mismas cosas que Gabby, ya que ella no tenía la vida armada en Washington.

Gabby cerró la maleta y se sentó en su cama, esperando a Blake que venía a despedirla. Dios Santo, ¿qué haría con Blake? ¿Qué sería de su relación si iban a estar a miles de kilómetros? Y esta vez no fueron tan solo unas lágrimas, Gabby estaba gimoteando apoyada contra la almohada, preguntándose porque rayos le tenía que haber pasado eso a ella. Todo era tan perfecto en su vida y ahora las cartas del juego se habían volteado en su contra.

Jamás había ido a Nashville, jamás había conocido a nadie que viviera allí y Gabby por primera vez en su vida temió no encajar en un sitio, la popular y bella Gabby se sintió una apartada social por primera vez en toda su vida. ¿Qué sucedería si su padre no lograba arreglar los asuntos con la empresa? ¿Qué sucedería si los Nicolini quedaran en bancarrota para siempre?

Y también la angustiaba tener que decirle la verdad a sus amigos porque les había mentido, les había mentido como nunca antes lo había hecho: ¿qué pensarían ellos si les decía lo que realmente estaba sucediendo? ¿Qué pensarían si sabrían que su familia era pobre ahora, qué no tenían dinero y que ese era el motivo por el cual se marchaban? Gabby no podía ni siquiera imaginarlo, es por eso que les dijo que se marchaban a causa de la muerte de su madre, que no podían continuar con su vida en Washington D.C sin recordar su muerte diariamente.

Y Gabby sabía que había hecho mal, que no debía haber utilizado la muerte de su madre como forma de zafarse de algo y eso la incitó a soltar algunas lágrimas más.

Cuando oyó su móvil sonar y vio el mensaje de Blake que decía que estaba en el patio trasero esperándola, se puso de pie rápidamente, se dirigió al baño y se arregló: se secó las lágrimas y se puso algo de maquillaje, para tapar las ojeras que se habían formado en su rostro debido al estrés.

Bajó las escaleras lo más rápido posible y cuando vió a su novio de pie en su jardín no se sintió del todo bien, pensaba que verlo la iba a reconfortar pero Gabby se sintió peor todavía.

—Hola. — exclamó ella, abriendo la puerta para encontrarse con él. No habían entablado el tema de la noche del baile desde hacía semanas, pero a Gabby le seguía preocupando el hecho de que él se haya portado tan extraño porque ella le había dicho que lo amaba.

Blake le sonrió y depositó sus labios sobre los suyos pero al ver que Gabby no continuaba el beso se apartó.

La observó como si fuera una completa extraña.

—¿Qué sucede, mi amor?— murmuró él, sobre su mejilla. Colocó sus brazos alrededor de su pecho y lo abrazó, mientras Gabby sentía una inmensa pena crecer en su interior.

—No quiero separarme de ti, no quiero marcharme.— exclamó, con las pocas fuerzas que le quedaban. Su voz había sonado más débil que nunca.

—Gabby te he dicho cientos de veces que podemos hablar con tu padre, Spencer ya se ofreció a alojarte: si él no puede olvidarse de la muerte de tu madre no tiene porque arruinarte la vida a ti y a la mayoría de nosotros.— Ella se mordió el labio, se arrepentía tanto de haber dicho aquella mentira pero ahora no podía echarse para atrás, ya había arriesgado todo.

—Blake, es por el bien de toda la familia, sabes que él va a responderte eso.— farfulló, fingiendo estar enfadada. Era una completa estúpida. — ¿Qué vamos a hacer?— Alzó los ojos para observarlo.

—¿Con qué?

—¿Con qué? ¡Con nosotros, con nuestra relación! — exclamó totalmente alterada y superada por la situación. Blake la soltó.

—¿Qué quieres decir, Gabby?— le respondió él, Gabby jamás lo había visto tan sorprendido.—. Te vas a marchar ahora y...

—¿Y qué, Blake?— lo interrumpió y se alejó todavía más de él, completamente enfadada por sus anteriores palabras.—. ¿Y te vas a olvidar de mi? ¿Vas a ponerte con otra? ¡Oh por Dios, si lo sabía a la perfección! ¡Eres imposible, es imposible que te aferres a una sola persona!

Blake dió unos cuantos pasos para acercarse a donde estaba su novia, su mirada posada sobre la de ella.

—¡No he dicho eso!— vociferó, por encima de sus sollozos.—. Digo que todo va a ser más dificil, no va a ser lo mismo de antes, jamás...

—Si, gracias por recordármelo.— masculló con un tono de ironía en mi voz.—¿Es eso para ti todo lo que hemos vivido juntos? ¿Es nada? Porque eres un cobarde Blake, sales del juego cuando la cosa se complica. —. Se cruzó de brazos y lo observó desafiante.—. Porque lo que yo siento por ti no va a cambiar, esté aquí o a cientos de kilómetros.

Blake lo pensó por unos segundos y luego volvió a observarla a los ojos, aquellos ojos verdes que provocaban que Gabby se perdiera por completo como si fuese una niña de doce años.

—Lo siento, no quise decir eso.— se acercó a ella y la tomó por los hombros.—.Yo tampoco voy a cambiar lo que siento por ti, Gabby.

Gabby asintió con la cabeza.

—¿Vas a venir a visitarme?— él la imitó, y ese gesto provocó que se le erizara la piel.—. Promételo.
Las palabras de Gabby sonaban tan duras pero lo hacía para asegurarse de no perder su vida en Washington por completo.

—Lo haré, lo prometo.

Y cuando aquellas palabras salieron de la boca de Blake no pude evitar sentirse alegre, aunque sea un poco, porque quizás todo le estaba saliendo mal pero iba a continuar teniendo el apoyo de su novio; al que tanto amaba e iba a extrañar.

—¡Es hora de irnos!— vociferó el padre de Gabby, mientras subía las últimas cajas a la 4x4 que tenían.
Gabby besó por última vez a Blake, enredó sus brazos alrededor de su cuello y aprisionó su cuerpo contra el de él, no quería olvidar su aroma, no quería olvidar el sabor de sus besos, como sus suaves caricias le erizaban el vello..., simplemente no quería olvidar. Los ojos se le llenaron de lágrimas en tan solo segundos, lágrimas que su novio le quitó con la yema de sus dedos observándola con compasión.

—¿Por qué estás tan triste?—Le besó la cabeza.—. Vamos, quiero ver una sonrisa en esa cara bonita.
Gabby rió ante el repentino intento de levantarle el ánimo. Su padre continuaba gritando.

—Vé, te están llamando.—Blake le dió un último abrazo. Finalmente la observó a los ojos.—. Yo también te amo, Gabby.

A pesar de todas las desgracias que había tenido que soportar y que todavía le quedaban por vivir, a Gabby no pudo ponerla más feliz oírlo finalmente pronunciar aquellas palabras, que la habían mortificado por semanas. Aunque también le partió el corazón saber que se marchaba justo en el momento que él le había confesado que la amaba realmente, lo maldecía una y otra vez.

El viaje había durado un día entero, habían parado en la ruta y se quedaron en un pequeño motel y luego continuaron con su camino; no les daba el presupuesto para irse en avión y tampoco tenían a una persona que llevara la camioneta por ellos. Y no podían contratarla.

Mientras estaban desayunando en una de las estaciones de servicio y Colbie jugaba con unas niñitas su padre se volteó hacia ella.

—Gabby, tenemos que hablar un momento. —. Gabby rodeó los ojos.

—Perfecto, ¿ahora qué? ¿Quiéres que cambiemos nuestros nombres y simulemos ser otras personas? ¿O quizás inventar alguna extraordinaria historia de lo extraordinaria que es nuestra vida, no es asi?—. No pudo evitar utilizar el sarcasmo en sus palabras ya que estaba bastante perturbada y furiosa con su padre.

—No, necesito que me hagas un favor. Cuando lleguemos hoy por la tarde voy a tener que marcharme a un pueblo que está a tan solo unas horas para terminar unos arreglos con unos socios, estaré ausente el fin de semana pero el lunes por la mañana estaré aquí para ir con las dos al Instituto.— Gabby estaba estupefacta.— ¿Crees que puedes hacerte cargo de tu hermana mientras esté asuente?

Ella asintió con la cabeza de mala gana.

—Lo hicimos siempre con mamá, no veo porque de repente te importa.

—¡Deja de hablar así, Gabriella!

Pero el momento fue interrumpido por la pequeña Colbie que tomaba a Gabby de la mano para que fuera a jugar con ella. A Gabby le dolían los pies por los tacones que llevaba y por el vestido que le causaba picazón y se preguntó como rayos serían las personas en Nashville, si iba a poder encajar...

Su padre manejó por unas horas más, ella sentía un vacío en su interior, el mismo vacío que se había ido agravando desde la muerte de su madre y que ahora continuaba latente: Gabby le envió un SMS a Blake para avisarle que habían llegado bien, que estában entrando a la ciudad y que ya lo echaba de menos. No pudo evitar morderse el labio al ver la foto que tenía de fondo de pantalla en el móvil, donde Blake y ella estaban juntos en el baile.

Jamás había ido al campo o a algo parecido pero se quedó anonadada al ver la belleza de aquel pueblito; no era nada peculiar ni había ningún lujo pero a Gabby le fascinó como el bosque estaba presente a lo largo de la civilización ya que a ella siempre le gustó. Se imaginó frecuentando el bosque varias veces al día, para pensar, para reflexionar... quizás podría ser su nuevo lugar especial.

Colbie estaba extasiada, señalaba cada insignificante detalle y gritaba emocionada; Gabby se dedicó a observar como la observaban los demás, cada persona del pueblo se había volteado para ver a su familia llegar y no pudo entender si sucedía con todos los nuevos habitantes o solo con ellos porque era de la gran ciudad.

El padre de Gabby estacionó frente a una casa blanca que parecía haber estado inhabitada hacía siglos; no solo se notaba por el desgaste de la pintura si no que también por lo viejas que se veían las ventanas y el porche parecía caerse a pedazos. 

Los tres bajaron del coche observando su nuevo hogar; a Gabby se le hundieron los tacos altos en el barro y maldijo por haberse puesto ese par.

—He conseguido un coche para ti, Gabby.— Su padre se dirigió al garage que se encontraba justo al lado de la casa; lo abrió y Gabby observó una mini-van de color blanca, que debía tener unos cincuenta años.— ¿Te gusta?— le preguntó él, algo ansioso.

Gabby no quería herir sus sentimientos.

—Si, gracias papá.— exclamó ella, fingiendo una pequeña sonrisa. Si se había mostrado falsa su padre no lo había notado para nada.

—Colbie, ¿por qué no entras a explorar un rato?— la incitó Filippo, mientras la pequeña se echaba a correr como un rayo hacia la entrada que ya estaba abierta. —. He de marcharme, nos vemos el lunes ¿si? — Su padre se acercó a su hija y cuando iba a saludar con un beso en la mejilla a Gabby ella se apartó. Él la fulminó con la mirada.—. Arregla las cajas. Adiós.

Antes de marcharse el padre de Gabby había dejado las cajas en el patio delantero, eran aproximadamente veinte cajas que Gabby tenía que acomodar sola; luego de explicarle a su hermana porque su padre se había marchado de la nada. 

Había puesto a dormir a su hermanita más pequeña entonces Gabby decidió hacerse cargo de las cajas que había dejado en el patio delantero. Eran exactamente las cuatro de la tarde cuando tomó la primera caja en sus brazos y tardó tan solo tres segundos en soltarla y caerse al suelo, debido al calzado que llevaba en los pies.

—Mierda.— maldijo Gabby, cuando vió que se había caído encima del lodo. No se había manchado del todo, solo las piernas y un poco el cabello, pero ella se sentía la persona más repugnante del Universo.

Pero el estúpido lodo no iba a ganarle, no se iba a rendir tan facilmente; Gabby abrió la caja que tenía sus prendas y buscó en el fondo, donde estaba la ropa de emergencia. Encontró finalmente unos joggins grises, una sudadera rosa y sus converses negras; las que solía usar cuando no le importaba lo que pensaban los demás.

Gabby regresó a la casa y se cambió y salió con la frente en alto, como queriendo demostrar que nada ni nadie íban a vencerla.

«Respira; uno, dos, tres» pensó Gabby y después de todo pudo entrar la primera caja. 

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