Visiones
En la actualidad
I parte
El reloj marcaba las 11:39 pm. Las calles se hallaban a oscuras. Deshabitadas. Sólo era capaz de escuchar mis pensamientos y los constantes chirridos que emitían mis zapatos al impactar fuertemente con el suelo repleto de agua debido a la reciente llovizna.
Perfecto.
El dolor de cabeza ya me era insoportable y no estaba dispuesta a tolerar que, casi a media noche, la presencia de alguien a una distancia considerable me obligara a tener visiones.
“Visiones”. La palabra me causó leves punzadas en el estómago.
¿Cómo era posible que una simple palabra me causara tan inmenso dolor? Sí. Era confuso. Incluso anormal. Aunque, bueno, la “normalidad” y yo no éramos muy buenas amigas que digamos.
Aceleré el paso antes de que otra intensa lluvia me tomara por sorpresa.
— ¡No puedes estar hablando en serio! —Anunció una voz con un tono más alto de lo normal mientras las risas hacían la función de “música de fondo” ante tal comentario.
El grito captó mi atención, haciendo que mis cinco sentidos se agudizaran más de lo debidamente permitido y, al voltear en dirección a la otra calle, pude notar que no estaba sola.
Más delante de hallaba un grupo conformado por tres hombres y una mujer, por sus aspectos pude suponer que era los típicos universitarios en busca de diversión ya que, viendo más de cerca aquella situación, el clan se encontraba a las afueras de un local nocturno para mayores de dieciocho años y cuyas instalaciones no era tan agradables cómo las describían los anuncios publicitarios que a los lados de éste establecimiento reposaban.
— ¡Claro que los estoy haciendo! —Reclamó uno de los chicos; el de apariencia más robusta y de cabello castaño—. Vamos, aún es temprano, podemos ir y regresar antes de que tus padres se den cuenta. Además, no tendremos problemas con el transporte, he traído el auto…
Auto… Auto… Auto…
Esos fueron los últimos pensamientos que tuve antes de sumergirme, completamente, en un estado de suma inconsciencia.
Un coche de color amarillo andaba por una de las carreteras principales de la ciudad a todo dar.
Fue ahí en donde las imágenes se encargaron de pasar fugazmente.
El suelo estaba mojado y, debido a un mal movimiento, las ruedas de aquel artefacto giraron hacía la derecha, haciendo que éste quedara orientado horizontalmente y, también, ocasionando que su peso se concentrara en una misma área y, en consecuencia, proporcionando que el coche se volcara.
Pestañee fuerte y ocasionalmente para volver a recobrar la nitidez de la visión. No era consciente de que había dejado de caminar hasta que sentí como uno de mis zapatos estaba completamente sumergido en un pequeño pero profundo pozo de agua sucia.
Maldije mi mala suerte.
Saqué mi pierna de aquel agujero con más fuerza de la necesaria. Mientras trataba de exprimir toda el agua concentrada en mi zapato agitando el pie, el rugido de un motor me hizo sobresaltar, voltee intensamente para ver de dónde provenía y, también, para encontrarme con que, el mismo automóvil que había visto en mi visión hace unos instantes, estaba aparcado justo en la otra calle.
—Sube —le indicó el chico que hace unos momentos estaba manipulando a la única chica del grupo a ésta última.
La chica, alta y de cabello rojizo, accedió a la invitación sin la menor sospecha de indecisión. Pasó por delante del coche con deliberada lentitud mientras que los otros dos chicos que no habían hablado ni una sola vez (al menos mientras me encontraba consciente) se preparaban para montarse en la parte trasera.
—Eh, chiquillos, ¿qué creen que están haciendo? —Gritó el chico de cabello castaño—. Yo accedí a traerlos, pero en ningún momento acepté llevarlos de vuelta y mucho menos con semejante compañía que he conseguido —anunció mientras le dedicaba una rápida mirada a la pelirroja que, ahora sí, se encontraba a su lado. Ésta soltó unas leves risitas.
Aquellos chicos se quedaron inmóviles. Uno de ellos, el más alto y blanco de todos, estaba a punto de decir algo, pero el sonido de sus quejas quedaron inmediatamente ahogados cuando el motor de aquel carro rugió antes de acelerar y desaparecer por la carretera.
El silencio se apoderó de la escena.
Ambos fijaron sus miradas en el sendero donde, segundos antes, se había escabullido el vehículo.
Afuera llovía con intensidad, por lo que tuve que correr para no empaparme más de lo que ya estaba. Miré en dirección al oscuro cielo. No debían ser más de las doce de la madrugada. Sí, aquel incidente había captado lo suficiente mi atención como para que el tiempo pasase fugazmente.
Suspiré aliviada al ver que el edificio en donde vivía se hallaba más cerca de lo que pensaba. Metí la mano derecha en uno de los bolsillos delanteros de mi abrigo para sacar mis llaves. Rápidamente introduje la correspondiente en la cerradura del portón principal.
Éste cedió con un clic.
Entré y lo cerré con más fuerza de la necesaria. Mi intención era llegar sin despertar a nadie, pero estaba haciendo todo lo contrario. Además, aguantarme unas cuantas maldiciones de parte de mis vecinos como en varias ocasiones había ocurrido no decía nada. Me dispuse a esperar unos minutos para ver si alguna que otras luces provenientes de los apartamentos de la parte baja del edificio se encendían. Nada. Pero aún así no iba a desafiar a mi mala suerte. Caminé despacio a pesar de que mis zapatos chirriaban cada vez que avanzaba un paso debido a lo empapados que estaban. Me acerqué al escritorio que se hallaba a escasos metros del elevador, me detuve en seco al ver que allí, encima de aquel mobiliario, descansaba una nota.
Jane:
Sé que eres tú la que estás leyendo esto y no cualquier otro huésped debido a que eres la única persona que llega a estas horas. En fin. Como verás el elevador no está trabajando, por lo que me veo obligado, y claramente disgustado, a dejarte la llave de la puerta que da acceso a las escaleras.
PD: La llave se encuentra justo debajo de ésta nota.
PD2: Dulces sueños, Jane.
Eleazar
Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras leía aquello. Eleazar era quien mantenía en orden todo el edificio; el macho Alfa, por así decirlo. Levanté el trozo de papel para encontrarme con la dichosa llave de la que tanto hablaba en la nota. La tomé y metí la hoja que llevaba el escrito en algún bolsillo de mi chaqueta para luego dirigirme hacia la puerta donde claramente reposaba un cartel que citaba con letras muy grandes las palabras “Escaleras. Salida de emergencia”.
Inserté la llave en el compartimiento y la puerta se abrió al instante. Entre a toda prisa y cerré con un portazo. Le eché un vistazo a las escaleras que, viéndolas desde mi actual posición, me parecían infinitas. Comencé a subirlas dando zancadas. En dos ocasiones tuve que detenerme porque perdía la estabilidad.
Los últimos escalones fueron los más difíciles, pero sentí un gran alivio al ver que ya me encontraba en el último piso. En donde me esperaba mi casa.
Tenía los músculos contraídos debido al esfuerzo, pero eso no me fue un impedimento para caminar con cierta rapidez hacia la puerta de color blanco que me era tan familiar.
Lo bueno de vivir en el último piso es que nadie más lo hacía, aparte de mí. Era la única persona que poseía un departamento en dicho piso y eso era de gran agrado para mí. Pues, ya saben, menos personas; menos visiones.
Hundí con fuerza el trozo de metal indicado en la cerradura. Empujé el pórtico con uno de mis hombros y, al entrar, lo cerré deliberadamente con uno de mis pies.
Quedé a oscuras.
Pero no albergaba ni la más mínima de las intenciones en encender las lámparas por lo que, de una vez, me dispuse a quitarme la cazadora y arrojarla en el sofá que estaba más cerca para luego dirigirme a mi habitación.
Una vez ahí dentro me abalancé sobre la cama, sin siquiera quitarme los zapatos ni las ropas empapadas.
El dolor de cabeza había vuelto a cobrar vida. Ya se me era insoportable.
Mientras una mano reposaba en mi cara contraída por los incesantes espasmos de dolor, con la otra me propuse buscar las pastillas que estaban debajo de las almohadas. Tanteé varias veces hasta que por fin mi mano hizo contacto con una pequeña lámina de plástico con unos cuantos agujeros y cubierta de aluminio. Las tomé con desesperación. Una vez éstas estaban lo suficientemente al alcance de mi vista, extraje dos tabletas y tiré el recipiente en algún lugar del desarreglado colchón. Estaba a punto de ingerirlas cuando una vocecita proveniente de mí subconsciente hizo que me detuviera.
¿Para qué las vas a tomar si ambos sabemos que ésas mierdas no te harán nada? ¿Acaso ya no estás cansada de seguir intentando encontrar el “antídoto” adecuado? Ya basta, no seas ridícula, sabes perfectamente que, tomes lo que tomes, seguirás estando en la misma condición. Déjalo ya.
No pude moverme. Quizás tenía razón. Además, no era la primera vez que dicha voz hacía notar su presencia dejándome más confundida de lo que me encontraba, pero tampoco era la primera vez que me atrevía a desobedecerla.
Sujeté las dos pastillas entre los frágiles dedos de mi muñeca izquierda. Las acerqué a mi rostro y, poco a poco, mis labios fueron cediendo hasta quedar completamente abiertos, listos para introducirlas. Coloqué las cápsulas en lo más profundo de lo que mi boca me permitió y la cerré de golpe. Esperé unos minutos pero, lo siguiente, fue difícil de evitar.
Me levanté lo más rápido que pude y, con la misma velocidad, mis piernas me dirigieron hacia el baño para luego derrumbarse y dejarme caer justo delante del inodoro.
Abrí la tapa con desesperación y, una vez abierta, las pastillas que había introducido en mi boca ahora se hallaban cayendo una por una en aquel sitio.
Las lágrimas nublaron mi visión.
Que ingenua eres, volvió a decir la voz que proporcionaba mi subconsciente, mientras más sabes que no tienes la razón, más te empeñas en demostrar lo contrario. Estúpida.
La última palabra hizo ruido en mi cabeza, incluso más tiempo del conveniente. Me incorporé con lentitud mientras con el dorso de la mano secaba los rastros de saliva que quedaron en algunas partes de mi barbilla.
Me dirigí nuevamente hasta la cama.
Una vez estando allí coloqué mis brazos alrededor de mis costados, dejando que los dedos de mis muñecas presionaran fuertemente entre las costillas, concentrando el dolor en varias zonas, mientras que los párpados caían por su propio peso, sumergiéndome en la negrura que, a partir de ahora, serían mis sueños.

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