lunes, 13 de mayo de 2013

Nada.


Estábamos a finales de noviembre y el frío se hacía notar tanto como las personas haciendo sus compras navideñas. La nieve comenzaba a caer con deliberada lentitud mientras ciertas aglomeraciones de personas se ponían de acuerdo y recogían los restos de hojas secas situadas en el suelo debido al pasado otoño.

Suspiré ruidosamente mientras mis extremidades inferiores aceleraban su ritmo. 

Me sentí aliviada al ver que el aeropuerto no se encontraba tan ocupado a pesar de ser fin de semana. Me encaminé hacia un grande y llamativo escritorio en donde se encontraba una mujer cuya edad oscilaba entre los treinta y dos o los treinta y cinco años. Supuse. Incluso podía resultar un poco mayor pero, ya saben, en estos tiempos el maquillaje hace milagros.

—Buenas tardes, ¿le puedo ayudar en algo? —articuló la mujer mientras esbozaba una radiante sonrisa causando que se le formaran arrugas alrededor de los ojos.

Sí, mil a una que tenía más de treinta y cinco.

Después de explicarle a la señora que la compra de mi boleto la había realizado por internet y solo estaba esperando a que ella me lo entregase, se despidió con otra agradable sonrisa al mismo tiempo que me deseaba feliz viaje.

Como si la razón de mi ida lo fuera.

Evité volver a tener pensamientos como ése y decidí acudir a por un café. Observé el reloj que reposaba en mi muñeca izquierda. Aún faltaban treinta y cuatro minutos para abordar.

La cafetería de aquel aeropuerto de era nada fuera de lo normal: paredes de color beige, mesas de madera y grandes ventanales. Me adentré y noté que era muchísimo más acogedora de lo que parece.

—¿Puedo tomar su orden? —Dijo un chico de cabello castaño, ojos verdes y mejillas infestadas de pecas. 

—Una taza grande de café con leche, por f… 

—Enseguida —me interrumpió y se fue.

Vaya, si no quería entablar una conversación más allá de “trabajador-cliente” me lo hubiera dicho. Aunque, viéndolo desde mi punto, nunca he sido buena con las palabras y en tal caso de que dicha conversación se hubiera llegado a dar, él tendría el control de esta mientras yo solo me limitaría a asentir y hacer uno que otro gesto.

No era consciente de que el café ya estaba en la mesa hasta que una gota de él cayó sobre el dorso de mi mano, quemándome mientras s esparcía.

—Que lo disfrute —articuló el chico de cabello castaño a regañadientes. 

Venga y yo que pensaba que solo a las mujeres nos llegaba el ciclo menstrual.

Ignoré por completo su actitud y, aún adolorida por la pequeña quemada, tomé la taza por sus alrededores con ambas manos e ingerí parte del contenido con un breve sorbo.

Me arrepentí al instante.


“—Para ti, ¿qué es la felicidad? —Dijo él mientras su mirada se enfocaba en un punto muerto.

Quedé inmóvil. ¿Por qué la pregunta tan… de repente? Pasaron varios minutos para articular mi respuesta.

—Una taza grande de café con leche bien caliente cuando tengo frío —anuncié dudosa y observé su rostro esperando ver su reacción, pero fue exactamente todo lo contrario a lo que me imaginé.

Su risa retumbó en mis oídos. Dios, como me agradaba aquella melodía. Su melodía”.


Sentí como todo el vapor del café se concentraba en mi cara mientras las lágrimas nublaban mi vista. Aquellas carcajadas deambularon por mi mente más tiempo del requerido. Sacudí la cabeza para apartarlas de allí, pero ya era muy tarde. 

Me había vuelto adicta al sonido que me proporcionaba mi propia imaginación.

Algo era cierto: lo amaba. Y cuando amas a alguien solo deseas su felicidad, incluso si ésta es a costa de la tuya.

Pude notar el desbocado nerviosismo que recorrió toda mi columna vertebral, el pulso acelerado de mis muñecas y el fuerte martilleo de la sangre en mis oídos ante el anterior pensamiento.

No era sano querer a alguien como yo lo quería a él. 

Bajé la taza de porcelana barata y coloqué mis brazos en los alrededores de mis costados y luego, con los dedos, presioné fuertemente ahí, justo entre las costillas para concentrar el dolor en varias zonas y ser incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la molestia que yo misma me estaba proporcionando.

Tenía vergüenza. Sí, vergüenza de ser capaz de admitir que alguien fuera a ser tan importante en mi vida, tanto que sin él sentía como si no fuera nada. Absolutamente nada.

Escrito por: Frakviana Yamarte.

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