– ¿Podes explicarnos que fue lo que pasó? – yo revoleé los ojos y dejé escapar un largo y profundo suspiro. Luego sonreí.
– Bueno… tú sabes, cuando un chico es idiota, que piensa que puede hacer lo que quiere y toma a una chica por sorpresa, la besa y la chica lo manda a la mierda, la historia suele terminar con un tortazo en la cara del estúpido engreído.
– ¿Entonces era cierto? – Merlina se dio la vuelta completamente para mirarme y cuando notó lo que había dicho, su rostro entero se volvió carmín. Nosotras tres soltamos risas.
– Silencio alumnos – pidió el profesor, la castaña volvió su vista al frente, nosotras no pudimos evitar seguir riendo. – He dicho silencio. – reiteró Oscar, el profesor. Por alguna extraña razón eso nos tentó más, y no pudimos acallar los carcajeos. – Bien, se los advertí señoritas. Sepárense. – Señaló a Mafer – tú, ocupa aquel asiento. – uno que se hallaba en la otra punta, Mafer hizo una mueca de disgusto ante su nueva compañera, Pamela. Ella se hallaba aplicándose rímel viéndose en un espejo rosado, el profesor la regañó, y ella miró con desprecio a Mafer, como si ella cargara con la culpa. Esta la ignoró y se sentó donde le habían indicado. Cuando posó su vista en Nela se percató de que no quedaba otro lugar disponible en el aula.
– Tú… este… – el profesor gesticulaba intentando recordar el nombre de aquel chico, alto, flaco y fornido que se encontraba ligeramente recostado en su banco.
– Simón… – dijo con desinterés, como si no le importara que aquel hombre calvo no recordara su nombre a pesar de que ya casi era mitad de año.
– Si, eso, Simón, intercambia lugares con… Antonela. Ahora. – ambos se levantaron con pereza, Nela refunfuñó hasta que se sentó en su lugar. – Bueno, agradézcanle a sus compañeras porque gracias a ellas y su perdida de tiempo, ustedes perderán cinco minutos de recreo. – los alumnos corearon una protesta, y nos lanzaron miradas rencorosas, yo les enseñé mi dedo medio, Simón, a mi lado, sonrió. Yo igual.
– Empecemos con la clase. – anunció Oscar, yo saqué mi carpeta y vi que mi nuevo compañero de banco puso sobre su mesa un block de hojas cuadriculadas. Escribí mi nombre y la fecha, también todas las cosas que el profe escribía en la pizarra, pero realmente no lo escuchaba. No tenía sentido hacerlo, de todas maneras no le entendía, matemática era la única materia que me fastidiaba la vida. Pero esa no era la única razón por la que no le prestaba atención. Inconscientemente no había dejado de mirarlo. Su pelo revuelto, de color negro. Su rostro anguloso, su nariz perfecta, sus labios carnosos, y esos ojos marrones oscuros rodeados por esas espesas pestañas que hacían de su mirada la más hermosa que alguna vez hubiera visto. Simón no me prestaba atención, por lo que asomé a ver en su cuaderno estaba escribiendo, notas… imaginé que de alguna canción. Todavía no podía creer que él hubiera compuesto una melodía para una de mis canciones. Sonreí para mis adentros, y abandonando aquellos pensamientos intenté seguir la clase, en especial cuando oí la palabra ‘evaluación’, maldita sea, reprobaría de nuevo. No podía permitírmelo, si no me sacaba un siete más en la próxima prueba, reprobaría el trimestre. Y realmente no quería que eso sucediera, mi mamá me mataría. Fue un alivio para mí escuchar entonces:
– ¿Necesitas ayuda con eso? – me preguntó Simón, intuyo que fue mi cara de total desconcierto la que lo llevó a ofrecerme ayuda.
– Por favor. – le respondí, hallándome completamente perdida con el ejercicio de movimientos en el plano. Él me dedicó una sonrisa.
– No te acomplejes, es tan sólo una composición de movimientos, lo vimos en segundo año. Tienes que hacerlo de esta manera. Y luego aplicas lo que está escrito en el pizarrón.
El comenzó a trazar líneas con precisión y suavidad sobre mi hoja. Dándome paso a paso las indicaciones para resolverlo todo correctamente. Intenté de seguirle el ritmo, pero fallé varias veces. Con una sonrisa él lo repetía, y a pesar de que por un lado me sentía muy avergonzada, también me sentía claramente agradecida.
No creí que él fuera tan bueno en esto, imagino que por eso no estaba muy concentrado en la clase. Con él entendí tan rápido como jamás lo había hecho incluso con la ayuda de profesores particulares.
Hicimos juntos el primer ejercicio, pero el segundo lo tuve que hacer por mi cuenta. Aunque me puse muy nerviosa lo realicé perfectamente, cuando me lo dijo, casi salté del asiento. Lo abracé tan de repente, invadida por la felicidad de haber por una vez bien el ejercicio, que él tardo unos segundos en caer en la cuenta, y rodearme también con sus brazos.
Pude sentir mi rostro volverse completamente rojo, cuando reaccioné ante mi propio y desquiciado impulso. Me separé de una manera tan brusca que hubiera caído al piso de no haber sido por las manos que me sujetaron.
Abrí los ojos, los cuales había cerrado como único reflejo a la caída refrenada, y pude admirar los de él más cerca de lo que los había visto jamás. Y no quería aparta la mirada de sus ojos, temiendo que mi vista se desviara a sus labios y que nuevamente no fuera capaz de controlar mis actos.

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