Me gustan las flores, sus colores, amarillas, rosas, naranjas, toda la variedad que existen, margaritas, rosas, tulipanes, girasoles, su olor a vida, a sueños y recuerdos.
Me gusta estar con ellas, sentir su textura el amor y la felicidad que te trasmiten, cuidarlas, volverme parte de ellas. Me gusta escucharlas, saber sus historias, saber sus romances, me gusta oírlas como el canto de las aves por la mañana. Me gusta aprender de ellas, que me atrapen en su belleza.
Se dice que todos aman las flores, que son el mejor regalo, el mejor detalle, cada que escucho eso un hueco inunda mi estomago, ¿Cómo pueden decir eso? Tal vez sean un buen detalle pero las flores están hechas para admirarlas, para gozar de su belleza en todo sentido, no para quitarles la vida y esa belleza sólo para dar un buen detalle.
Así como me gustan las flores también me gustan los ojos, la mirada es lo primero que vemos en una persona, los ojos se conectan, los ojos demuestran, los ojos interpretan lo que el corazón dice. Caminando por la calle veo muchísimos ojos, muchísimas miradas, todas diferentes, unas con dolor, unas con coraje, unas simplemente perdidas.
Una mirada basto entre toda esa gente para que mis ojos no vieran a nadie más, sé que eso siempre pasa en cualquier parte del mundo, pero al mirarlo creamos eso, un mundo. Había observado varias miradas, había conectado mis ojos con otros, pero nunca me había quedado atrapada como lo hice con él. Después de cruzar la mirada, de mi cabeza no desapareció su rostro. Sí, sólo lo mire 3 segundos pero esos segundos me bastaron para saber que con él me iba a empapar el alma. Tal vez fue coincidencia el que lo mirara, tal vez no. Lo que si sé es que todo mi ser se estremeció cuando mis ojos miró.
¿Cómo se llamaba? ¿En dónde vivía? ¿Cuál era su edad? ¿Sus ojos sintieron lo mismo? En ese momento desee que los ojos pudieran tomar fotografías para nunca olvidarlo. Siempre tenerlo, siempre mirarlo y volver a sentir que el mundo ya no importaba cuando tenia uno en sus ojos.
Retrocedí, y pensé “¡Tengo que saber quién es!” no puedo quedarme así, nuestros ojos crearon algo muy grande. Caminé, y caminé mucho iba hacia donde el corazón me dictaba. ¿Qué me pasa? Esto es una tontería, quería dejar de buscarlo, era algo absurdo. Baje la mirada y encontré una flor de papel. Sentía que era una señal, sonreí y seguí mi camino. Llegue a un parque, el aire empezó a soplar y me deje llevar por el; cuando se detuvo había llegado a una banca, decidí sentarme, un gran suspiro salió de mi. Sentí cosquillas en mi estomago cada que recordaba su rostro, esas cejas pobladas arriba de esas dos lunas.
No podía dejar de pensar en él, decidí regresar a mi casa, ya era tarde. Me recosté y cerré los ojos, ojos… Ya no quería mirar a nadie más, ya no quería qué nadie me quitara la sensación que él me dejo, me quedé dormida con una sonrisa, una sonrisa en todo mi rostro.
Al despertar, decidí regresar al parque, para mirar a las flores, esas que tanto amo. Y si tenía un poco de suerte encontrarme con él. Ahora ya no miraba los ojos, solo miraba el asfalto, ya no miraba el sol, ahora miraba las piedras. No quería perder su mirada de la mía. Y siempre iba con la cabeza abajo, ahora sus ojos eran el mejor lugar para estar. Llegué a esa banca en donde me senté anoche, miraba las flores, sentía que ellas me ayudaban a encontrarlo, me abrazaban con su olor. El instinto ¿será eso? Mire hacia arriba y mis ojos estaban en los de el por segunda vez. Mi corazón latía mucho, parecía que se iba a salir, por dentro le decía ¡Tranquilo! Tal vez no sienta lo mismo. Caminé hacia él, lo mire, así como no había mirado nunca a nadie, —¿cómo te llamas?— Le pregunte, el me contesto — ¡Hola! Soy Pablo, ¿Tu, quién eres? —Mi voz temblaba, —Ho..ola, me llamo Anna— creía que era un sueño mas. Sus ojos grandes como el sol, cafés como el barro. ¿Qué hago? Me pregunté… El me dijo — ¿Anna, no quieres acompañarme a gozar el día? —¡Dios! Respondí con mi cabeza diciendo que si. Sentados no muy distantes uno del otro, hablamos, y hablamos mucho, de todo un poco. No estaba equivocada, con él me bastaba para que todo el mundo fuera pequeño a su lado… Si, me enamoré mirando sus ojos un instante, me enamoré mirando sus ojos unas horas, me enamoré mirando sus ojos en los míos, y me seguiré enamorando, porque cuando sus ojos me miran, yo los dejo ser poema, ser parte de mi misma.
Me gustan las flores, hablan por si solas con lenguaje propio, cuando las contemplo muy cerca en mis paseos, con sus colores y su entorno figurado.
Aunque les pregunte sin palabras, guardan mis secretos, porque cada flor tiene una vida y cuenta lo que quiere, cuando quiere a través de su fragancia y sus matices.
Me gustan las flores porque hay flores con historias de colores y también con tormentas interiores. Todas y cada una de ellas son privilegiadas a mis ojos, sin preferencias conscientes.
Me gustan las flores porque creo en sus susurros contenidos, en el brillo de sus pétalos, necesito contemplar su ofrenda de colores sin arrancarla de su espacio.
Cuando la flor se muere es por decisión propia, lucho en su agonía por revivirla, sabiendo que no gano la batalla. La flor que apaga sus colores debe imaginar mi duelo, pero calla y sigue su vida elegida.
Me gustan las flores…
Escrito por: Xime Fernández.

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