A medida que pasó el receso, cambiamos de tema, hablamos de distintas cosas, sobre los libros que habíamos leído, las nuevas canciones que habíamos descargado en nuestros celulares, y sobre todas las tonterías que uno habla con sus amigas. Cuando sonó el timbre, tanto mis dos mejores amigas, como mis otras amigas: Leila, Adriana, Estela y Florencia se despidieron de mí y se encaminaron a sus respectivas clases.
Me encontré con Bruno a medio camino hacia la clase de biología, y él se paso el recorrido y los primeros minutos de la hora de la materia haciéndome reír con sus chistes, ridículos, pero divertidos. Estábamos sentados sobre unas mesas cuando la profesora Verónica Mansilla entró y dio los buenos días. Inmediatamente me senté en mi lugar, no tan en el fondo esta vez, pero aún del lado de la pared, cuando de repente me percaté de quien estaba a mi lado no era quien esperaba.
Relajadamente recostado en el banco continuo se encontraba Jona, y Bruno discutía con él intentado que se quitara de su sitio. Este, sin embargo, lo ignoró y me sonrió. Puse mis ojos en blanco y procedí a tomar mi cuaderno y empezar a prestar atención en la clase.
La discusión entre Jona y Bruno por el asiento fue finalizada con la intervención de la profesora que le pidió por favor a Bruno que dejara de hacer tanto escándalo y se buscara otro lugar, él lo hizo de mala gana. Jona llevaba una sonrisa triunfal. No le presté importancia. Mansilla mantenía a la clase entretenida, y cuando acabo con las explicaciones sobre el tema de la unidad cinco, nos dictó a todos un cuestionario. Empecé a completarlo sin problemas… sin embargo sentir como alguien me dejaba un beso en el cuello fue algo que me sobresaltó al instante. Esta vez le revolé una piña. A pesar de que lanzó un grito de dolor, él continuó riéndose a carcajadas. Esto provocó que no me detuviera y le pegara cada vez con más fuerza.
– Espera, Rouge, detente, ha sido un chiste, por favor no me mates.
– ¿Un chiste? Maldito imbécil, andá a besuquear así a alguna de tus 'chicas', si es que así se les puede llamarse esas facilonas. Pero… ¿cuántas veces te he dicho que a mi me dejes en paz? – lo fulminé con la mirada.
– Millones. – respondió con una media sonrisa. – ¿Pero que puedo hacer? – Enredó su dedo en uno de mis bucles oscuros – Me resultas irresistible. – mordió su labio inferior. Resoplé y le clavé un puñetazo en el pecho. Idiota.
– Sólo a mi me podía tocar tener que sentarme con 'Míster ombligo', existen más cosas más allá de ti, y lo que te resulte irresistible, tiene que ver con el espacio personal de las demás personas, en este caso, el mío, el cuál jamás te he dado permiso para intervenir.
– Y aun así muero por formar parte de él. – Tan sólo puse los ojos en blanco.
– Ni en tus mejores sueños Jonathan. – traté de concentrarme en mi trabajo nuevamente.
Él soltó una pequeña risa.
– Apuesta a que si, estás en cada uno de ellos. A demás no entiendo, no te entiendo. – giró mi rostro, obligándome a mirarlo a él, en vez de mi recién resulto cuestionario. – Dime una razón por la cuál te molesta tanto que intente acercarme a ti. – sus ojos verdes me examinaban, me retaban.
– ¿Quieres una razón? Bien, aquí la tienes: Yo, realmente – recalqué la palabra – no te intereso.
– Eso no es cierto. – susurró, también negó con la cabeza.
– Oh si, claro que lo es. Solamente estás detrás de mí porque sabes que ni en un millón de años luz podrías conseguir que yo me fijara en ti. Porque no soy como todas aquellas idiotas que lamen el piso en el que caminas, e idolatran cada estúpida palabra que dices. Porque detrás de esa apariencia de ‘chico irresistible’, solo hay un cerebro vacío, tanto así como tu corazón. Lamento tener que enfrentarte a la cruel realidad de esta manera, pero simplemente, tú y yo, jamás sucederá.
– ¿Por qué no podría?
– ¿No lo has comprendido aún? – Revolví mi cabello – Veamos… quizás si te lo digo con más simpleza tu cerebro pueda procesarlo, simplemente no te soporto, no me caes bien, no me gusta tu personalidad, y que a demás de eso, no tenemos absolutamente nada en común. Nada. – Al menos no ahora.
– ¿Cómo lo sabes? Ya ni siquiera me conoces. – estaba ofendido.
– Tampoco quiero hacerlo. – contesté, ya exasperada.
– Pero yo sí, quiero conocerte, quiero que me conozcas ahora. – su voz era apenas audible.
– Ese es un problema exclusivamente tuyo.
El timbre sonó repentinamente, me levanté, lista para largarme de allí. Jona me retuvo.
– Dame una oportunidad.
Sus ojos suplicaban, pero... tenía que negarme, me había prohibido a mi misma jamás volver a caer en las trampas del perfecto e incomparable Jonathan, sin importar cuán interesado él se viera ahora en mi, yo sabía lo que sucedería, en cuanto me tuviera, se olvidaría de mí, al fin y al cabo habría conseguido lo que quería. Eso era lo único que él quería seguramente, cumplir con algún capricho suyo. Y yo no iba a tolerarlo, no iba a ser un capricho más, no lo iba a soportar.
– Lo lamento, pero tú ya la has tenido, y la has perdido.
Con esto dicho me levanté de mi banco y salí lo más deprisa que pude. Gracias al cielo aquel día había llegado a su fin.

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