sábado, 11 de mayo de 2013

Ángel Guardián.

No tienes porque sentirte presionada, cariñoLos ojos de mi nuevo jefe me devoraron con la mirada, había sido lo bastante valiente como para haber ido hasta allí y ésta vez, no iba a echarme para atrás. Rodeé los ojos, exhausta de que me tratara como a una niñita; había cumplido la mayoría de edad días atrás y no tenía porque hablarme como si tuviera diez años.

—Cierra el pico—espeté, casi escupiendo las palabras— ¿Vas a tardarte mucho más? Como sabrás no tengo mucho tiempo.


Mi jefe frunció el entrecejo, intentando descifrar porque rayos lo estaba desafiando de esa manera, pero tampoco me importó demasiado. Miré mi reloj y comprobé que habían pasado dos horas desde que había hablado con Jake. Sentí la piel debajo de mi nuca estremecerse. Recordaba las palabras de mi mejor amigo a la perfección, casi como si las estuviera repitiendo en mi mente;«Maia, tú no estarás hablando en serio, ¿verdad?—notó la expresión indiferente en mi rostro—. No puedo creerlo, ¿en qué rayos estás pensando? ¿Si quiera piensas cuando haces estas cosas? Yo te prestaré el dinero, no voy a permitir que vayas a ese sitio, ni siquiera lo pienses»


Pero había logrado escaparme. Mientras Jake preparaba algo para cenar en la cocina, tomé las llaves de la casa y corrí lo más rápido posible. Había tomado el autobús para llegar y más de una vez me había sentido incómoda ante las miradas fogosas de otros hombres. 
Recordé el motivo por el cual estaba haciendo aquello y continué mi camino, sin vacilar.
Mi celular no dejaba de vibrar, daba por sentado que era Jake el que me estaba llamando pero en ese momento no podía concentrarme en otra cosa.

—Perfecto—mi jefe se puso de pie—, traeré al cliente.


Sentí todas las extremidades de mi cuerpo tensarse. Me puse de pie y me observé en el espejo una vez más, cuando mi jefe ya se había marchado. Observé el atuendo que llevaba encima, desde las medias de red negras hasta el brazier rojo que combinaba con mis bragas. ¿Quién iba a saber que iba a tener que llegar a esto? Mis padres me habían abandonado, a mi y a mi hermanita, y al ser mayor de edad debía hacerme cargo de ella; ¿cómo se supone que iba a conseguir el dinero para sustentarnos? Y heme aquí. 
Consiguiendo dinero fácil, tan solo echándome en una cama, deseando que se acabe.

— ¿Tú eres Maia?—La voz de un hombre de mediana edad me desconcertó. Volteé para encontrarme a un tipo de traje, un poco más alto que yo, más guapo de lo que esperaba que fuera. 

Lo observé con algo de desprecio.


—Si, soy yo—aparté algunos cabellos que se habían soltado de mi cola de caballo. Finalmente decidí soltármelo.— ¿Comenzamos? Tenemos solo una hora.


Mientras más rapido se acabara, mejor.


—Por supuesto, solo quería tomarme algo de tiempo para observarte—se quitó la chaqueta y la depositó en un sillón situado junto a la cama. Pude notar el color café de sus ojos y la forma triangular de su rostro. Se acercó tanto a mi que comencé a ponerme nerviosa. ¡Maia, concéntrate, por Dios!—Eres muy bonita, Maia.


El hombre acarició mi mejilla y yo sentí náuseas, ante su tacto y ante la forma que me observaba, con sus ojos ardientes e inundados de pasión. Sus largas pestañas no escondían su mirada espeluznante y me sentí mareada al sentir su piel sobre la mía. Cerré los ojos y dejé que el hombre prácticamente me desnudara, tan solo llevaba puesta mi ropa interior. Y luego frenó.


— ¿Estás nerviosa, preciosa?—odiaba que me hablara como si me conociera a la perfección, como si todas las putas con las que había estado fueran iguales.


Negué con la cabeza y me tragué mis palabras.


— ¿Qué?—bramé, al notar que la cosa no estaba avanzando.


—Pareces un poco tensa, Maia—tomó mis hombros y me sentó en la cama. Me acarició el cabello y luego lo olió, como si fuera alguna clase de obra maestra. Comenzó a desabrocharse la camisa y mi mente viajó a otro mundo, intentando evadir la vista del pecho desnudo del completo extraño.—No tienes porque temerme, solo estamos para complacernos.


Complacerte querrás decir, pensé para mis adentros. ¿Este hombre realmente pensaba que yo estaba haciendo esto por voluntad propia? ¿No se daban cuenta que estaban haciéndole el amor a alguien que ya estaba muerto por dentro? Me crucé de brazos porque, de repente, sentí que me estaba helando. Observé el móvil, lo había dejado en el bolsillo de mi bolso y no dejaba de hacer luces. Como hubiese deseado que las cosas hubiesen sido diferentes.


Su mano se dirigió a mi brazier, suspiró ante la vista y comenzó a tocarme. La piel se me erizó y dí un salto alarmada por el sonido de la puerta. Jake había entrado a la habitación, con el móvil en la mano y con una mirada llena de furia en su rostro. Una mirada que jamás había visto en todos nuestros años de amistad.


—Ven aquí, Maia—me ordenó, evitando por completo al extraño, que se había quedado pasmado. Yo me quedé en mi lugar, un calor ardiente ascendiendo desde la cabeza hasta los pies.


—Jake, ¿qué rayos estás haciendo aquí?—me alejé unos pasos del extraño. Él observó cada movimiento— ¡Vete, por Dios santo!


Traté de tapar el atuendo que llevaba puesto con mis brazos, jamás había sentido tanta verguenza en toda mi vida.


— ¿Esto es alguna clase de broma?—el desconocido parecía bastante cabreado. 


—No, lo siento, pero ella se va conmigo—Jake se acercó a mi más determinado que nunca y me tomó del brazo con más fuerza de la necesaria. Sus ojos estaban completamente rojos y su mandíbula estaba firme; estaba conteniéndose para no partirle la cara al tipo que se encontraba a mi lado.


Me arropó con el tapado que había llevado puesto, cogí mi bolso y me fui, de la mano de mi mejor amigo.


El silencio fue incómodo desde que nos subimos al coche de Jake hasta que llegamos a mi casa. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Y ahora de donde iba a sacar el maldito dinero? Deseé desaparecer, de una manera que no había deseado antes.


Entré a casa y encendí las luces, todavía avergonzada por la situación en la que Jake me había encontrado. Sinceramente, no me lo esperaba para nada.


— ¿Eres consciente de lo que estabas a punto de hacer?—me preguntó mi mejor amigo, dirigiéndose a mi como si fuera una completa extraña.


—Jake, métete en tus propios asuntos—gruñí, con una rabia irreconocible en mi voz. Los ojos se me llenaron de lágrimas en tan solo instantes.


Jake se acercó a mi, tomó mis manos y me observó con aquellos ojos azules; me había observado de la misma forma que cuando teníamos cinco años y me había agradecido por salvarlo de unos chicos que querían golpearlo.


—Voy a ayudarte, lo sabes con certeza, siempre voy a estar aquí para ti—sus dulces palabras me llenaron de culpa y remordimiento hacia mis padres.


—No lo sé, pensaba lo mismo sobre mi familia y apenas cumplí la mayoría se marcharon.¿Tienes alguna idea de cuanto dolor han causado? No quiero sentirme de este modo—había comenzado a sollozar—, siento mucho lo que hice. No sé en que estaba pensando.


Jake me acarició la mejilla y me abrazó por la cintura. Podía sentir el calor que manaba su cuerpo y, de repente, sentí como si mi mejor amigo fuera la única persona en la que podía confiar.


—Sabes que vales mucho más que eso, ¿no es así?—yo asentí con la cabeza—.Tienes que respetarte a ti misma, Maia, eres hermosa y eso nadie va a quitártelo.


¿Me había llamado hermosa? Me sonrojé y bajé el rostro. Jake me tomó de la barbilla y yo me mordí el labio. Ahora había comenzado a notar lo atractivo que era mi mejor amigo.


—Gracias, Jake, en serio te agradezco mucho lo que hiciste por mi—admití, y me apoyé contra el sofá, las manos de mi mejor amigo todavía en mi cintura.—Me salvaste de haber cometido el peor error de toda mi vida.


Jake acarició mi labio inferior con su pulgar.


—Te quiero lo suficiente como para salvarte de cometer cualquier error en tu vida. Eres lo más importante que tengo y lo sabes perfectamente.


Casi automáticamente, los dos nos acercamos, rindiéndonos al deseo.


— ¿Estás seguro de esto?—le pregunté, a tan solo centímetros de sus labios, con su respiración rozando mi rostro.


—Más seguro de lo que he estado en toda mi vida.


Y sus labios atraparon los mios, dejando en ellos una huella que jamás se iba a borrar, una persona que realmente me había salvado del abismo. 


Jake se había convertido en mi propio ángel guardián.


Escrito por: Carla Samojeden.

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